Antes de encontrar mi lugar secreto, me sentía frustrada como quizás se sienten muchas mujeres. Primero intenté orar en el baño porque se supone que no hay un sitio más privado que ese, pero mis hijos me buscaban sin cesar y llegaban para estar conmigo. Luego fui a la cocina en donde la luz del sol entraba por el techo y no había ruido, pero allí me visitaba toda mi familia que entraba para desayunar o simplemente para tomar algo de algún gabinete.
– ¿Qué estás haciendo? , preguntaban.
– Trato de orar, les decía.
Aunque se iban caminando en puntillas, ya me habían interrumpido. Orar y leer La Biblia en completa intimidad es casi imposible cuando somos familia y lo compartimos todo. Simplemente decidí no buscar más, escoger un rincón y ponerle mi sello personal. Poco a poco lo fui decorando con pequeños detalles: cuadros, colores, cojines, cajas llenas de materiales para hacer manualidades y elementos que hicieran de ese espacio, mi espacio y decidí no huirle a las interrupciones o molestarme por el ruido. Renuncié a la utopía de orar en un templo solo para mí y descubrí que la presencia de mis hijos es divertida y también gratificante porque si les gusta estar allí es porque se sienten bien y si se sienten bien es porque allí está Dios.

Creo que lo importante es que nos sintamos motivados a ir a ese lugar secreto: ambientarlo, poner allí lo que yo llamo “ la zanahoria”. Esto, no es otra cosa que darnos un premio por nuestra disciplina :una bebida , una comida, cualquier cosa que nos haga llegar hasta allí. Quiero invitarte a que separes un lugar y lo hagas especial para Dios. Aquí tenemos un ejemplo de cómo puedes hacerlo.
“¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres La Puerta, yo entrare Y cenaremos de Juntos Como amigos.” APOCALIPSIS 3:20 / NTV
