¿Qué mujer loca le pide a Dios un hijo para luego dejarlo en manos de otra persona?, ¿y verlo solo cada año, perdiéndose sus sonrisas y sus abrazos; sus ocurrencias y sus cambios? Pues esa es Ana, la madre de Samuel. Ella había sido humillada por su condición de mujer estéril; había recibido burlas y si recuerdas, las familias comían la carne de los sacrificios que ofrecían en el tabernáculo, pero a Ana le correspondía una porción incierta. Mientras que el resto disfrutaba, ella mojaba su porción con lágrimas. No seguiría así, no se entregaría a la tristeza sino que pondría en manos de Dios, el mejor de sus proyectos, el más alto honor y el más hermoso rol: el de ser mamá.
Entrega a Dios tus planes, pon en sus manos tus proyectos, ruégale por tus sueños y deseos, arroja a sus pies tu vida.
«Señor, ¿se acuerda de mí? —preguntó Ana—. Soy aquella misma mujer que estuvo aquí hace varios años orando al Señor. 27 Le pedí al Señor que me diera este niño, y él concedió mi petición. 28 Ahora se lo entrego al Señor, y le pertenecerá a él toda su vida». Y allí ellos adoraron[k] al Señor.
Samuel 1,2 (NTV)
posdata: La Biblia dice que, después de Samuel, Dios le dio a Ana 5 hijos más.